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Otra teoría falsa de la Evolución










La imposibilidad científica de las teorías de Darwin, pone en entredicho el dogmatismo oficial de la ciencia.


La Ley de Probabilidad echa por tierra la 'teoría' de la evolución


“Los años de trabajo en los laboratorios de todo el mundo, dotados  de instrumentos de alta precisión, como ordenadores, probetas y microscopios, para crear secuencias de proteínas, moléculas o células, han dejado en evidencia, al mismo tiempo, la teoría de la evolución.”


La hipótesis de que la vida haya evolucionado de la nada a través de unos eventos aleatorios como son las mutaciones -con el conocimiento actual del coste en horas de trabajo e instrumental que cuesta replicar la vida- ha quedado en evidencia. Las posibilidades de que ese acto gigantesco haya podido producirse mediante una serie de cadenas de accidentes es tan despreciable, que se puede considerar nula. Las creaciones de la nanotecnología en los campos de la biomedicina, cosmética, alimentación, agricultura, construcción, industria química y de materiales o textil -y que forman ya parte de nuestra vida cotidiana- son la mejor prueba de ello.

El biólogo alemán Hoimar Von Dith furt, conocido evolucionista, es un buen ejemplo de que los propios ortodoxos de la teoría de la evolución saben que, cuanto más se avanza en la genética y en el conocimiento de la creación de la vida, más difícil resulta seguir sosteniendo que todo se debió a una compleja serie de mutaciones, es decir, de casualidades.

Dithfurt afirma lo siguiente en La noche secreta de los dinosaurios (Volumen 2. página 64)  respecto a la controversia sobre si pudo aparecer por accidente o no: “¿Es en realidad posible que tal armonía surgiera solamente de coincidencias fortuitas? Ésta es la pregunta básica de toda la evolución biológica Si se responde: sí. es posible, es como demostrar la fe en la ciencia moderna de la naturaleza. Hablando críticamente, podemos decir que cualquiera que acepta la ciencia moderna de la naturaleza no tiene ninguna otra alternativa más que decir sí, porque apuntaría a explicar el fenómeno natural de modo comprensible e intentaría derivar éstas de leyes sin intromisiones metafísicas.

De todos modos, en este punto, explicar todas las cosas por medio de leyes de la naturaleza, es decir, por las casualidades, es un signo de que no hay ningún lugar a donde huir. Porque, ¿qué otra cosa podría hacerse que no sea creer en las casualidades?”.

El  profesor turco Ali Demirsoy, defensor  también de la Teoría de la Evolución, es otro de tantos evolucionistas que están comprendiendo el callejón sin salida en el que se han metido. Demirsoy  afirma en “Herencia y Evolución”  (Ankara. Meteksan Publishing, 1984, página 61)  que “la posibilidad de la formación casual del Cito-cromo-C,  (una proteína esencial para la supervivencia), es tan improbable como la posibilidad de que un mono  redacte la historia de la humanidad en una máquina de escribir sin cometer ningún error.”

Cuando Demirsoy se mete en otro tema polémico, como el origen de la mitocondria en la célula acepta "abiertamente la explicación de la casualidad" aunque sea "totalmente contraria al pensamiento científico".

Como puede contemplar el lector cada día en los medios de comunicación, el ser humano terrícola del siglo XXI está avanzando día tras día hacia la consecución de individuos, órganos, tejidos, células y moléculas creados

artificialmente. Y todo ello, con una dedicación en horas, personal, material y  sobre todo, voluntad, ingente.


Frente a esta evidencia, los científicos que defienden la leona que explica cómo esos mismos humanos aparecieron, nos quieren seguir haciendo creer que esa complejísima unión de moléculas y tejidos que dieron vida a los primeros organismos, derivó de una sucesión de casualidades a lo largo de un largo periodo de tiempo. Es decir que, gracias a que ese proceso se extendió durante millones de años, fue posible que esas casualidades fueran aconteciendo.  Los ataques a la teoría de la evolución  (no lo olvidemos, sigue siendo una teoría) por parte de científicos de prestigio de todas las ramas del saber han provocado -sin duda-, que en los últimos años se estén produciendo hallazgos de esqueletos que parecería podrían dar una explicación racional a esta teoría, anticipada por Darwin:

"Si mi teoría es correcta, innumerables variedades intermedias, que vincularían más ajustadamente todas las especies del mismo grupo, deben haber existido con seguridad... En consecuencia, evidencias de su anterior existencia podrían encontrarse solamente entre los restos fósiles".


El siglo XX vivió una explosión de la paleoantropología. Se emplearon ingentes recursos para encontrar ese eslabón perdido, esos homínidos, semi-monos, semi-humanos. que validarían la teoría de la evolución.


Gracias a las excavaciones subvencionadas por los gobiernos, similares descubrimientos se deberían hallar entre el pez y el anfibio y entre el reptil y el ave, entre otros eslabones necesarios para sostener la cadena de la evolución. El excelente libro “El timo del Evolucionismo”, de Harun Yahya, ha hecho sallar en pedazos esta teoría evidenciando, los fraudes cometidos para sostenerla.


El  mundo de la ciencia se convierte en otro capítulo más de la gran conspiración cuando nos enteramos de que eslabones como el Archaaeopteryx, guardado en el Museo de Historia Natural de Londres, que ligarían a los dinosaurios con los pájaros, eran un fraude. El físico israelita Lee Spetner fue el primero que notó en su superficie unas tallas artificiales que lo invalidaban. Tras un corto periodo en el que los científicos oficiales desdeñaron esas acusaciones, dos renombrados disidentes, Alfred Hoyle y Wickramasinghe, apoyaron la tesis del israelita. Finalmente, el Museo retiró el fósil de la vista del público -que había llegado en el siglo XIX de  manos de un investigador de Baviera-. interesado en apoyar las tesis de Darwin.

Aunque pueda parecer una cuestión meramente científica, la disyuntiva que está detrás de este debate -comenzado en el siglo XIX- es si el hombre está más cercano al mono o a una especie o entidad superior. Es decir, cuál es el espejo en el que se puede mirar y cuál es el camino que le queda por recorrer. Durante más de un siglo, se nos hizo creer que los adorables simios eran los seres más parecidos a nosotros. A lo largo de la pasada centuria se creyó haber hallado esas especies intermedias y  en grado de su mayor cercanía al mono o al hombre moderno, recibieron los nombres de Australopitecus, Homo Erectus. Homo Habilis, Hombre de Neandertal y Hombre de Cromagnón. Los dos últimos son considerados Horno Sapiens, es decir, seres humanos, aunque  nombrado Erectas y al eslabón intermedio se le calificó de Habilis, es decir, un homínido con capacidades intelectuales que habría que considerar mitad hombre, mitad mono.

Siempre teniendo presente esta teoría, los cazadores de fósiles, con la familia Leakey a la cabeza, se marcharon a África con la esperanza de encontrar estos esqueletos que apuntalaran su teoría Y. supuestamente, la encontraron en la década de los 60.

De acuerdo a la tesis de los Leakey. esta nueva especie que clasificaron como Homo Habilis, tenía una capacidad craneal relativamente grande así como la disposición para caminar erguido y usar herramientas de madera y de piedra. Por lo tanto podía haber sido el ancestro del hombre.

Sin embargo, a finales de los años 80 del siglo XX, se hallaron nuevos fósiles de esta misma especie que hicieron cambiar de opinión a los propios ortodoxos. Investigadores como Bernard Wood y C. Loring Brace, que analizaron estos fósiles, pasaron a calificar al Homo habilis como Australopitecus Habilis, es decir, monos de Sudáfrica capaces de usar herramientas.

    (Dinosaurio con humano-Museo de Acambaro)


¿La razón?: sus esqueletos tenían brazos largos, piernas cortas, los dedos de las manos y de los pies eran apropiados para trepar, su estructura maxilar era muy parecida a los monos actuales y su volumen craneal  (de 550 centímetros cúbicos) les hacía emparentarse con los monos. Es decir, que eran tan parecidos a los monos que sólo podían ser... ¡monos! Lo mismo le sucedió a otras especies que aparecieron durante un tiempo en los archivos evolucionistas, como el Ramapiteco,  que acabó volviendo a ser considerado, un mono común.. (Bemard Wood, Mark Collard, The Human Gemís, Science, vol 284, N° 5411,2 abril 1999. p. 65-71).

Visto que el Homo Habilis había perdido fuerza como eslabón perdido, el antropólogo Richard Leakey, rutilante estrella de los antropólogos evolucionistas, descubrió en Kenia, en 1972, el Homo Rudolfensis, llamado así porque apareció cerca del río Rudolf. La jugada del tal Leakey merece aparecer en los anales mundiales de los timos pues el cráneo que presentó como KNM-ER 1470 y que fue datado con una edad de 2,8 millones de años, era -según el profesor Tim Bromage, quien analizó por computadora el citado rostro en 1992- "el resultado de un ensamblado anormal. (...) cuando  (el KNM-ER 1470) fue reconstruido por primera vez, la frente fue ajustada al cráneo en una posición casi vertical, de manera muy parecida a la que exhibe en los rostros planos humanos modernos. Pero estudios recientes de las relaciones anatómicas muestran que, en vida el rostro debería haber sobresalido considerablemente, dándole un aspecto de mono, como los rostros de los Australopitecos”.

En otras palabras, que el tal Leakey, con todo su rostro -y nunca mejor dicho-, había unido los pedazos que halló, ¡a su conveniencia!, dotándole de la apariencia de hombre-mono que. posteriormente, las  revistas de divulgación ¿científica?  irían conformando en nuestro  imaginario colectivo como esos seres mitad humanos mitad monos que nos antecedieron. El modelo Planeta de los simios, vaya.

Otros científicos que estudiaron el caso han reconocido que el Homo Rudolfensis es otro mono mas, incluidos, los propios evolucionistas, como el paleoantropólogo J. E Cronin (J. E Cronin. N. T. Boaz, C. B. Stringer, Y. Rak. Tem¡x  and Mtxle in Hominid Evolution. Nature, Vol 292, 1981, p. 113-122).

Por el lado del Homo, tanto Erectus como Cromagnón o Neandertal, las investigaciones de los últimos años  y que los medios de comunicación oficiales se han negado a ensamblar para que los seres humanos no nos demos cuenta del error en el que hemos vivido, han supuesto verdaderos varapalos para la teoría de la evolución. Las conocidísimas investigaciones de Atapuerca, Burgos (España) han puesto de manifiesto, por un lado, que los hombres de Neandertal y de Cromagnón convivieron durante miles de años, por lo que no se puede hablar de una evolución propiamente dicha de uno a otro.  Todavía más: las investigaciones acerca de los cráneos y esqueletos hallados, demuestran que no hay distancia evolutiva entre el Hombre de Neandertal y grupos de seres humanos que existen actualmente como los pigmeos o los aborígenes australianos.

Los hombres de Neandertal enterraban a sus muertos, tañían instrumentos musicales y tenían prácticamente las mismas capacidades que los Cromagnón, de manera que las diferencias hasta ahora valoradas, han desaparecido como la espuma.

Pero es que, la realidad todavía va más allá: los fósiles tenidos como Erectus. aparecidos en Asia, es decir, el Hombre de Java y el de Pekín, se ha demostrado que pertenecen, en realidad, a seres humanos con pocas diferencias con los actuales.

Dado que los restos asiáticos habían constituido un fiasco, la investigación evolucionista se volvió a centrar en África, donde se encontraron otros Hornos Erectus, como el Niño de Turkana  y que se admitió podía pasar como una especie de Neandertal -que es un ser humano moderno, como hemos visto.

Al efectuar comparaciones entre estos restos y los de los seres humanos modernos, los científicos evolucionistas, incluido Leakey, finalmente reconocieron que no había más diferencia entre estos fósiles y el ser humano actual que las que se pueden hallar entre las diferentes razas de seres humanos modernos. El Profesor William Laughlin, de la Universidad de Connecticut, realizó extensos exámenes anatómicos sobre los esquimales y los nativos de las Islas Aleutianas y advirtió que sus esqueletos eran extraordinariamente similares a los del Homo Erectus. De lo cual, concluyó que todas esas razas, en realidad eran distintas variedades de Homo Sapiens  (hombre moderno).

Las dataciones oficiales procedentes de los propios vestigios de estos supuestos eslabones entre el ser humano y el mono han terminado de enterrar la pretendida credibilidad de esta teoría. Se supone que los Australopitecos vivieron desde hace cuatro millones de años hasta hace un millón de años. Los Homo Habilis, supuestamente, vivieron hasta 1,7-1.9 millones de años, mientras que el Homo Rudolfensis, supuestamente más adelantado que el Habilis, tiene 2,5 millones de años de antigüedad, lo que le hace más antiguo que su ancestro.

A todo esto, el supuesto Homo Erectus apareció entre 1,6 y 1,8 millones de años, lo que le hace coetáneo de su supuesto antepasado, el Homo Habilis.

Corroborando estos datos, el antropólogo Louis Leakey encontró fósiles de Australopitecos, Homo Habilis y Homo Erectus muy cerca entre sí en la región Olduvai Gorge, en Tanzania, que es conocida como La cuna de la Humanidad. La cercanía de ambos fósiles en el segundo estrato desmiente que estos linajes descendieran los unos de los otros. Esta nueva auto- derrota de la teoría de la evolución hizo que el famoso paleontólogo de la Universidad de Harvard  y escritor de best sellen, Stephen Jay Gould, preguntara retóricamente: “¿En qué queda nuestra escala si coexisten tres linajes de homínidos -el Australopiteco africanus, el fornido Australopiteco y el Homo habilis- sin que ninguno de ellos derive claramente del otro?” (S. J. Gould: Natural History, Vol 85,1976, p. 30).

La puntilla a esta teoría se la da el propio Homo Sapiens: la posibilidad de que el ser humano haya aparecido mucho antes de lo que pensamos, concretamente, hace un millón de años. Y fue el propio Louis Leakey, paladín de estas búsquedas, como hemos visto, quien desenterró las dudas.

En 1932, descubrió en la región de Kanjera, cerca del Lago Victoria en Kenya, varios fósiles que pertenecían a la Época del Pleistoceno Medio, los cuales no tenían ninguna diferencia con el ser humano moderno. Y esa época significa, nada más y nada menos, un millón de años atrás. Dado que este descubrimiento puso al árbol genealógico evolutivo patas arriba, fue despreciado por algunos paleoantropólogos evolucionistas, que han tenido que soportar auto-sabotajes a sus propias teorías.

La antropóloga norteamericana Virginia Stin McKyntire descubrió en Coeyatlaco, México, un esqueleto humano que un geólogo dató en 250.000 años cuando, supuestamente, no existía el ser humano.

A pesar de que la datación fue corroborada posteriormente, McKinntyre fue coaccionada por la ortodoxia científica para que se desdijera de su afirmación. Como no lo hizo, le retiraron la subvención y fue progresivamente apartada de los foros de paleoantropología en una persecución que se ha repetido en numerosas ocasiones.

Las pinturas, tallas y glifos que muestran a seres humanos conviviendo con dinosaurios -algo imposible para la ciencia oficial- se hallan en numerosos lugares del planeta: Perú (piedras de lca y Acambaro), Francia  (Valle del Ródano y Dordoña), Australia (Queensland), Ziinbawe  (cerca de Salisbury), Ghana (Tribu Ashonti). Norteamérica (cañón Havasupai, Arizona), en la Antigua Roma. Egipto y también en Babilonia...

Hasta el momento sólo la ciencia ficción y los científicos disidentes se han atrevido a proponer que los grandes saurios y los seres humanos hubieran convivido... El sabotaje a todos los científicos que aportan datos que se apartan de la verdad oficial se parece tanto a la persecución sufrida por los disidentes en el campo de la energía que se puede afirmar que son la misma conspiración...

En 1979, en Laitoli, Tanzania, se hallaron unas huellas humanas sobre unos depósitos volcánicos con una antigüedad de 3,6 millones de años.

Calificadas por el antropólogo Leakey de Australopitecus, tiempo después se demostró que eran de seres humanos como los actuales. Según investigadores como el hispano-irlandés Colin Rivas, existen muchos otros descubrimientos, apartados en los museos, que demuestran que la aparición del ser humano en la Tierra fue muy anterior a lo que nos están contando.

Uno de ellos es el Niño de Chihuahua, México, que ha sido analizado por el investigador Lloyd Pie. Después de comprobar que su extraordinaria cabeza no era fruto de una trepanación, comprobaron que su cerebro (de 1.600 centímetros cúbicos)  excedía al de un ser humano terrícola. Las pruebas de ADN realizadas certificaron la hipótesis de que este cráneo podría corresponder a un híbrido humano-alienígena..

En el año 2007, seguramente como consecuencia del empuje de la teoría del diseño inteligente, se produjeron muchos supuestos descubrimientos de eslabones perdidos. Y digo supuestos porque fueron noticias espectaculares, que suelen contener mentiras...

Sin duda, el más increíble de todos estos descubrimientos fue realizado por el profesor Unter Tan, de la Universidad Cukurova de Adana, Turquía.

Nada menos que una familia que caminaba a cuatro patas y a la que se consideró como un eslabón perdido entre el hambre v el mono. Se trataría, según Tan, de un acontecimiento evolutivo puntual, como ya propusieron en su día los biólogos Stephen Jay Gould y Richard Lewontin. y no de una evolución gradual, como tradicionalmente sostiene la linea darviniana clásica. En realidad, la siniestra noticia correspondía a unos seres humanos con unas malformaciones genéticas que les impedían caminar con normalidad... una más de las fabulaciones  científicas para sostener una teoría insostenible...

Pero los evolucionistas no han tenido que soportar desastres únicamente en el campo de la Paleoantropología sino que el advenimiento de la Astrobiología ha terminado de echar por tierra la teoría de la evolución a partir de la nada. La culpable es la teoría de la Panspermia cósmica, es decir, que la semilla de la vida llegó a la Tierra en forma de meteorito.

Después de décadas siendo despreciada, ha acabado por ser aceptada por la ortodoxia científica con lo que, implícitamente, han terminado por enterrar el principio número uno de la evolución: que la vida se formó, en la Tierra, a través de la casualidad.

Pero es que el defensor de la Panspermia Cósmica, el eminente astrofísico británico Fred Hoyle, publicó varios libros aludiendo al origen extraterrestre del ser humano, como Pruebas de que la vida es cósmica y Fuerza  vital cósmica, amén de relatos de ciencia ficción en los que camuflaba sus ideas más avanzadas.

Hoyle pasa por ser el acuñador del término, junto a Chandra Wickramsinghe (1978), pero ya el sabio griego Anaxágoras, en el siglo V a. C, había propuesto que "semillas por doquier" conformaban la materia, tanto inerte como viva. Los varapalos que Hoyle otorgó a la ciencia oficial hicieron que la Academia de las Ciencias sueca evitara otorgarle el lógico Premio Nobel... y se lo diera a uno de los mejores seguidores de su teoría, Willy Fowler.

Como vemos, las investigaciones genéticas de las últimas décadas han ido poniendo en entredicho progresivamente la posibilidad de que el azar pudiera haber creado la vida. Y así, un científico evolucionista tan renombrado como el  descubridor del ADN, F.Crick, admitió finalmente la panspermia dirigida, es decir, que la vida no llegó de un cometa por azar, sino que fue conscientemente sembrada en nuestro mundo.

"Parece improbable que los organismos vivos extraterrestres pudieran haber alcanzado la Tierra, ya sea como esporas conducidas por la presión de la radicación de otra estrella o como organismos vivos incrustados en un meteorito. 

Como alternativa, hemos considerado la Panspermia Dirigida, la teoría de que los organismos fueron deliberadamente transmitidos a la Tierra por seres inteligentes de otro planeta. Creemos que es posible que la vida alcanzara la Tierra de esa manera, pero la evidencia científica es inadecuada actualmente como para decir algo acerca de esa posibilidad. Prestamos atención a los tipos de evidencia que pudieran arrojar una luz adicional sobre el tema".

En otras palabras, que la ciencia oficial, o al menos una parte de ella, se ha apuntado al diseño inteligente. Existen científicos que todavía se han atrevido a llegar más lejos, poniendo el foco de atención en el famoso ADN basura o ADN inútil que, curiosamente, constituye el 97% de nuestro código genético  (huelga explicar lo que quieren decir quienes a nombran como basura a la mayor parte de nuestros códigos genéticos).

Dos respetados y conocidos científicos australianos publicaron un artículo en la revista Astrobiology en el que sugerían, nada más y nada menos, que: "podrían haberse producido intercambios tempranos de material genético entre algunos de nuestros ancestros y algunas formas de vida alienígena". El astrobiólogo Paul Davies, profesor de Filosofía Natural en el centro Australiano de Astrobiología de la Universidad Macquarie y Charles Lineweaver, astrofísico de la también australiana Universidad de Nueva Gales del Sur, en Sydney, proponían que ese ADN del que hoy día desconocemos su utilidad, podría ser, por un lado, la explicación de nuestro origen y  por otro lado, la clave para nuestra futura evolución...

“Las evidencias han hecho que los evolucionistas auto saboteen sus propias creencias”


  -Articulo de la revista “ Jaque Mate”-Mayo 2009-









 

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