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El Shintoismo










Japón no es solamente la cuna del budismo Zen...


Poco o nada se sabe del Shinto, la milenaria religión de los japoneses, que anima el espíritu de lo sagrado y de lo mistérico en este país del lejano Oriente tan desconocido en su esencia para nosotros, aunque basta introducirnos en su cosmovisión para comprobar que sus bases metafísicas no son tan distintas de las de otros sistemas religiosos.


El shintoísmo conecta con la mentalidad más abierta de los nuevos tiempos y ofrece muchas claves para el buscador espiritual, que necesita espacios mentales abiertos más allá de los dogmatismos y de las creencias excluyentes que se combaten entre sí...


Al Shinto se le llama «la religión de los ateos» porque está tan imbricada en el devenir diario del japonés medio que nadie lo reconoce como algo separado de sí mismo.


Impregna el arte, la ciencia, la tecnología... y hasta el espíritu de las grandes empresas multinaciones de la actualidad, como antes lo hiciera en el Japón feudal de la época de los shogun.


El Shintoísmo está imbricado hasta tal punto en la vida cotidiana de los habitantes de este singular país, que llega a formar parte de ella sin que existan espacios de separación.


No hace falta profesarlo públicamente; sencillamente se vive, porque forma parte de la existencia. Por eso ha llegado a ser consustancial con esta nación volcada al futuro, que sigue nutriéndose de las raíces de su milenaria tradición espiritual...


Recientes encuestas realizadas en Japón señalan que el 90% de la población se declara «no religiosa».


Quien crea a pies juntillas en la infalibilidad de las encuestas, puede pensar que no existe otro país en el mundo con un índice tan alto de agnósticos.


Sin embargo, en el archipiélago japonés existen cientos de miles de templos y santuarios que son visitados por la población con asiduidad; además, todos los actos de la vida, desde los más importantes hasta los de apariencia más trivial, están teñidos por un hondo sentido religioso y se acompañan de rituales que tienen el perfume de lo sagrado.


¿Cómo se explica esta aparente contradicción? Simplemente, observando que el espíritu del Shinto es la lente a través de la cual los japoneses enfocan el completo entramado de la realidad.


No lo reconocen como algo aparte, porque es consustancial con ellos mismos. Por eso a nadie se le ocurre marcarlo con una cruz en el casillero de las encuestas cuando les preguntan por su religión...


Esta religión de la vida se encuentra más allá de los templos: está en todas partes, porque en todas partes se manifiesta el Espíritu animando por igual, con su divina energía, a una roca, un árbol, un río o una persona. Y es la religión de la vida, porque para el Shinto, la muerte genera impureza...


Por eso, el cuidado de incinerar y dar sepultura a los muertos se deja a la religión budista, más interesada en el más allá.


Al Shintoísmo le interesa el «más acá», el escenario donde tiene lugar la vida, y pone el acento en los modos de hacerla más armónica para lograr la conexión con lo trascendente en el aquí y el ahora.


Su objetivo es desvelar las vías que los dioses dejaron abiertas a los humanos en un remoto pasado y que se encuentran entremedias de lo más simple, lo más próximo y lo más cotidiano...


Los japoneses dicen de sí mismos que viven como shintoístas pero que, al morir, lo hacen como budistas. Y a lo largo de su vida siguen, simultáneamente, ambas doctrinas. ¿


Conocen algún otro lugar en el mundo donde se puedan practicar, sin conflicto, dos o más religiones a la vez? ¿Imaginan a un católico que sea, a la vez, musulmán? En Japón sí es posible. En realidad, llevan haciéndolo desde hace siglos...


Al shintoísmo le interesa el «más acá», el escenario donde se desarrolla la vida.


Tama, el alma de las cuatro facultades.

Es muy típico encontrar los templos budistas muy cerca de los santuarios shintoístas. No sólo eso, sino que los kami (espíritus de la naturaleza) que allí se veneran se identifican frecuentemente con los bodhisattvas locales.

Quizá sólo suceda en este país, que utiliza cuatro tipos de escritura diferente que se aprenden en las escuelas, o que nombra de distinta manera a los objetos, según su forma sea redondeada, cuadrada o alargada.

Contemplan diversas dimensiones o planos de la existencia a la vez y tratan de hacerlos convivir cuidadosamente...

Reunir y unificar forma parte del Shinto; es una religión que no tiene dogmas, que no hace proselitismo y que admite la coexistencia pacífica con otro tipo de creencias, como sucedió con el budismo cuando fue introducido en Japón en el siglo VI dando origen al Zen, o con el cristianismo que llevaron los jesuítas portugueses y españoles.

Su punto de partida es que las mil y una formas de la realidad constituyen un espejo de lo divino. Ser shintoísta es amar e investigar en las cualidades y en la naturaleza de todo lo viviente.

La realización suprema del hombre es la capacidad de unificar lo múltiple en uno. Por eso, creen que el alma humana se compone de cuatro facultades o capacidades. Estos cuatro poderes del alma son:

*la capacidad de materializar las propias ideas

*la facultad de consolidar y organizar el mundo material

* El poder de analizar y diferenciar la realidad en sus elementos constitutivos y

*la facultad de penetrar y de unificar en un sólo centro la materia y el espíritu, que consideran dos aspectos de lo mismo.

El Alma humana está simbolizada en el Shinto como una espiral helicoidal en movimiento que señala el constante fluir de la vida en sus múltiples manifestaciones, que evolucionan hasta reabsorberse en lo Uno o lo Esencial...


El Shinto expresa el carácter sagrado que tienen todas las cosas. Significa la vía de los dioses que se encuentra en la Tierra. 


Se interesa fundamentalmente por la vida y por todas sus etapas y aspectos. La vida terrestre es un acontecimiento feliz, una manifestación del espíritu divino que se complace en ella.


Nada de «valle de lágrimas». Para el shintoísmo no hay pecado original, ni culpa ni castigo y el mero hecho de vivir se considera un regalo, una oportunidad de transformación...



Conviértete en lo que ya eres.


Renovación sería su concepto clave. Por eso su principal ritual es la purificación. Nunca se entra en un santuario shintoista sin haberse purificado antes con el agua que mana de una fuente o manantial que siempre hay en la entrada.

Bañarse en el mar o colocarse bajo el torrente de una cascada son otras formas de purificarse; otros elementos, especialmente el fuego, realizan esta misma función. Purificar es restablecer la armonía alterada y exorcizar las malas influencias; quien se purifica con la intención de renovarse, se convierte en un ser nuevo...

Las oportunidades de renacer son innumerables; la purificación lo hace posible. Bajo la óptica del Shinto, todo lo que sucede no es ni bueno ni malo, simplemente es...

Las olas de un océano simbolizan la eternidad: Sobre este fondo inmutable, las cosas aparecen y expresan una constante renovación. Esta capacidad de transformación es inmanente a todo lo vivo y su culminación llega cuando algo o alguien se convierte en kami.

Que es una entidad consumada y perfecta y que por ello se ha vuelto objeto de veneración. Al hablar de perfección hay que entender perfección completa, sabiduría perfecta. En pocas palabras, se trata de alcanzar el conocimiento en el sentido al que apunta el viejo precepto: conviértete en lo que ya eres...

La perfección de un grano de trigo será la espiga. Igualmente un árbol pequeño puede volverse milenario y expandir sus majestuosas ramas. Se ha convertido en kami. Igual que cuando un ser humano alcanza el conocimiento y se transforma en dios...

En Occidente estamos acostumbrados a dividirlo todo. Separamos el cuerpo del espíritu y los situamos en oposición. El shintoismo no hace esta división. Plantea que cada persona posee dos aspectos necesarios (que podríamos llamar luz y sombra).

Su filosofía insiste en que la naturaleza humana es intrínsicamente buena y en que el ser humano no necesita combatir ninguna parte de sí mismo, sino aprender cuál es el momento adecuado para efectuar la transformación de la sombra en luz.

La máxima virtud consiste en el cumplimiento de las propias obligaciones hacia uno mismo y hacia los demás...

La «recompensa» ni se espera ni es necesaria, puesto que el deber cumplido ya proporciona, por si mismo, una  satisfacción...


La belleza está en todas partes.


En el shintoismo, el sentido de lo sagrado lo envuelve todo; la tierra misma es sagrada y hasta los más insignificantes detalles lo son. Forman parte de la belleza con que uno puede revestir su vida. Lo que mejor resume esta actitud es un viejo proverbio: “Iwashi no atama mo sinjin kara”, que traducido quiere decir: «Hasta en la cabeza de una sardina está lo sagrado».

Y quien esto escribe pudo comprobar personalmente, durante el tiempo que vivió en Japón, que efectivamente la belleza de lo sagrado puede encontrarse en lo más insospechado. Lo de la sardina lo comprendí en un ryokan, una posada de estilo japonés. Alguno de los discretos huéspedes quiso celebrar a su modo la llegada de la primavera y creó una insólita composición que hábilmente colocó junto al pequeño estanque del jardín. Al pasar cerca, esta periodista tuvo que mirar dos veces para convencerse de que lo que estaba viendo era real: al final de un esbelto tallo de rosa estaba clavada la cabeza de una sardina fresca...

El conjunto era hermoso y estaba exquisitamente proporcionado. Transmitía armonía y un hondo sentido estético...


Hijos de los Dioses venidos del espacio


El shintoismo tiene una antigua tradición oral recogida en tres crónicas distintas que fueron escritas hacia el 750 de nuestra era.


Los nombres de estas crónicas son Kojiki, Nihongi y Kujiki. En ellas se cuenta que los emperadores son descendientes por línea directa de la gran diosa solar Amateratsu, quien envió a la tierra a su nieto, Ninigi, para que gobernara Japón.


Uno de sus celestiales descendientes fue Jimmu Tenno, el primer emperador nipón, quien ocupó el trono, según afirma la tradición, el primer día del primer mes del año de la Luna, lo que equivale al 660 a.C.


Esta genealogía solar es similar a la de los faraones egipcios, que se consideraban descendientes directos de los dioses. El relato que hace uno de estos antiquísimos escritos japoneses, que todavía se conservan, afirma que bajaron del cielo ocho personajes, en una descripción que recuerda a lo que narran los mitos africanos de los dogón.


El primer gobernante del Japón tendría, según sus mitos, un origen extraterrestre; Ninigi aterriza en una montaña de la isla de Kyushu y trae a la tierra tres objetos: un misterioso espejo metálico, una espada y unos fragmentos de mineral desconocido.


Estos signos de la dignidad imperial todavía se conservan: el espejo sagrado está en el santuario de Ise (un templo que se destruye y se vuelve a construir cada 25 años); la espada se guarda en el templo de Atsuta, en Nagoya, y los trozos de mineral se encuentran en el palacio imperial de Tokio.


Desde la más remota antigüedad, la tradición se sigue cumpliendo puntualmente: tan pronto un nuevo emperador ocupa el trono, su primera obligación consiste en acudir al templo shintoista de Ise para venerar el espejo traído del espacio, que se conserva en el interior del tabernáculo, empaquetado con un gran número de lienzos que no se han abierto jamás.


Nadie ha visto lo que contiene este paquete celeste, cuyas envolturas son renovadas periódicamente por los sacerdotes encargados de su custodia. La fuerza atribuida al espejo se debe a que se mantiene «dentro».


Este «dentro» es considerado como la energía absoluta que toda realidad conserva mientras permanezca invisible. Para los japoneses y para el Shinto, el secreto reside en lo que no está dicho ni expresado ni escrito. En lo que sólo se puede percibir con el corazón.


Así, detrás del velo de una aparente filosofía-religión, encontramos un mundo animista y chamánico, donde solo los Iniciados, saben ver detrás de las apariencias...




Tradiciones y Supersticiones


Japón mantiene desde siempre un alto grado de veneración hacia el astro rey, que ellos consideran de naturaleza femenina.

Hasta tal punto respetan a la diosa solar del Shinto y a su recorrido por el firmamento, que ni siquiera los argumentos a favor del ahorro de energía han conseguido que adelanten el reloj un par de horas en relación con la hora solar, siguiendo el ejemplo de tantos países occidentales...

El cuatro es un número nefasto. La mayoría de los hoteles y hospitales carecen de habitaciones con este número. Nunca se regala nada con cuatro objetos dentro.

Hay gente que evita este número al instalar su línea telefónica y así, no es raro que todos los extranjeros que viven en  Japón tengan sus teléfonos y sus móviles con una abundante provisión de cuatros...

El ocho, sin embargo, está considerado como una cifra que trae buena suerte, prosperidad y toda clase de inagotables venturas. El Shinto interpreta que el signo que representa al ocho quiere decir «el círculo del infinito»...

La sal es usada en muchos ritos como un elemento de purificación y para atraer la buena fortuna. Los luchadores de sumo arrojan sal en el suelo, y cuando se regresa de un funeral o cuando se va un visitante desagradable, se tira sal para neutralizar las malas influencias. Tomar un baño con unos cuantos puñados de sal marina disueltos en el agua ayuda a cambiar una mala racha...













 

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