sociedad de estudios e investigaciones filosóficas

 
 

Salir de la Caverna










“EL ÁRBOL DEL CONOCIMIENTO  FUE TOMANDO DIFERENTES

FORMAS SEGUN LOS SUELOS DE LOS QUE BROTABA Y SEGÚN EL

CLIMA DE  CADA EPOCA. SIN EMBARGO, PESE A LAS DIFERENCIAS EXTERNAS, LAS GRANDES TRADICIONES FILOSOFICAS Y ESPIRITUALES CONVERGEN EN LO QUE ALDOUS IIUXLEY LLAMO FILOSOFIA   PERENNE.”


La filosofía contemporánea es como un árbol en descomposición. El árbol del conocimiento, que en otro tiempo integraba todas las ramas del saber, es hoy una colección de especializaciones fragmentarias e inconexas.


La ciencia busca dominar la naturaleza y la filosofía se dedica a girar sobre sí misma; mucho han crecido ambas, pero han perdido la luz que guiaba a aquel árbol a armonizarse con la naturaleza, permitiendo a quien trepaba por su tronco alcanzar un fruto especial: la sabiduría.


Ese árbol fue tomando diferentes formas según los suelos de los que brotaba (India, China, Grecia...) y según el clima de cada época. Sin embargo, pese a las diferencias externas, las grandes tradiciones filosóficas y espirituales -orientales y occidentales- convergen en lo que Aldous Huxlev  (recogiendo un término de Leibniz) llamó Filosofía  perenne.


En sus propias palabras, es «la metafísica que reconoce una Realidad divina esencial en el mundo de las cosas, las vidas y las mentes; la psicología que encuentra en el alma algo similar, o incluso idéntico, a la Realidad divina».


Su núcleo es la misma experiencia que han vivido los místicos y que, en cualquier caso, mal puede expresarse en palabras: algo así como comprender que nuestro «yo» ( Ser) nuestra identidad, no se encuentra dentro de nuestra cabeza o de nuestra piel, sino en el Universo entero y en todos y cada uno de sus rincones ( Tat twan, así, «tú eres eso», según la expresión sánscrita).


Acceder a esa experiencia equivale a despertarnos del sueño en el que vivimos habitualmente, salir de la caverna de ilusiones en que nos hallamos y que bellamente describió Platón en su famoso mito (aunque, como el propio Platón añade, quien intente explicar que fuera existe la luz a quienes sólo conocen la caverna será tomado por loco o embustero).


Como se sabe, filosofía significaba originariamente «amor a la sabiduría» y su objetivo no era otro que mostrar el camino correcto para salir de la caverna. Desde Sócrates, la filosofía griega se entendió como una Terapéutica del Alma (therapeía tes psychés), y el ideal de la sabiduría siguió brillando en la obra de los grandes filósofos (entre otros, Plotino, San Agustín, Eckhart,

Spinoza...) hasta el siglo XVII, cuando la experimentación científica pasó a verse como la única forma válida de conocimiento y la filosofía derivó hacia su confusión actual.


La sabiduría se ha esfumado de la filosofía moderna, aunque algo queda del anhelo terapéutico hacia una vida mejor: así, en nuestro siglo, Bergson manifestó que «la filosofía debería ser un esfuerzo por superar la condición humana»; Adorno. quiso que la filosofía retomara su intención original, «la enseñanza de la vida correcta»  y  Vittgenstein concibió su última filosofía como una «terapia» destinada a librarnos de las confusiones que crea el lenguaje. Aproximarse a esa sabiduría es tarea de cada uno; lo que sigue pretende mostrar algunos conceptos de la filosofía perenne —tal como la exponen Huxlev, Schumacher y  Wilber— que pueden ayudar a desbrozar el camino.


Si hoy apenas se tiene una vaga idea de qué es la «sabiduría» o la «espiritualidad»  y si la filosofía y el arte parecen eclipsados por el omnipresente fulgor de la ciencia y la técnica, es en buena parte porque hemos olvidado que existen diferentes formas de conocimiento: la ciencia sólo es una de ellas  y no la más sublime. Los filósofos anteriores al surgimiento de la ciencia mecanicista explicaron que al menos hay tres tipos de conocimiento claramente distintos; siguiendo a Spinoza, llamémosles sentidos, razón e intuición.


Las ciencias propiamente dichas —ciencias empíricas— se basan —como su nombre indica— en aglutinar datos procedentes de los sentidos  (y de sus extensiones: telescopios, instrumentos de laboratorio, etc.), aunque usen la razón para desarrollar teorías. Sus descubrimientos más brillantes suelen proceder de la intuición, pero en realidad la intuición se considera algo muy poco científico: se tiende a ignorar todo lo que no puede medirse y someterse a experimentos, lo cual no es mal enfoque para la física, pero resulta ridículo cuando la psicología lo aplica a las relaciones humanas...


Pero no todo lo vemos a través de los sentidos: el ojo de la razón (así lo llamaba el místico San Buenaventura) nos permite contemplar cosas a las que no accede el ojo del cuerpo. Esta forma de conocimiento, que incluye la lógica, las matemáticas y todo lo relacionado con el lenguaje, trasciende el mundo de los sentidos.


El significado de un texto literario, por ejemplo el Quijote, es el mismo para todos sus lectores, independientemente de cuál sea el formato del libro y de que esté en inglés o en árabe.


Al igual que el ojo de la razón va más allá de los sentidos, la intuición («ojo de la contemplación») va más allá de la razón y del lenguaje. Del conocimiento intuitivo nacen la sabiduría y la espiritualidad, y fue para abrir este ojo —casi siempre cerrado— por lo que se desarrollaron en Oriente técnicas como la meditación o los koan Zen.


Utilizar sólo el ojo de los sentidos no es ciencia, sino cientificismo; utilizar sólo el ojo de la razón equivale a un racionalismo vacío, como la escolástica medieval; utilizar sólo la intuición puede llevarnos a estar en las nubes. Y cada uno de estos tipos de conocimiento tiene su lugar, que no debe confundirse; así, contemplar la espiritualidad con el ojo de los sentidos lleva al dogmatismo.


El nuevo paradigma ha de ver el mundo con los tres ojos, cada uno en su sitio.


Otra idea antigua que convendría recuperar es la llamada Gran Cadena del Ser.


Hasta hace un siglo y medio fue la visión mas común del esquema general del universo, un esquema basado en reconocer que hay diferentes niveles ontológicos, es decir, niveles de «Ser» o de «realidad».


Todo el mundo ve que hay una gran diferencia entre una planta viva y una planta muerta; su composición  material puede ser la misma, pero hay algo a lo que llamamos vida que las distingue.


Lo que no sabemos tan bien es qué es eso de la vida: podemos manipularla y destruirla, pero no crearla...


Y lo que podemos destruir pero no crear debería ser algo sagrado. La biología nos explica las características materiales (físicas y químicas) del mundo orgánico, pero no sabe explicarnos plenamente qué es lo que da vida a la materia.


Entre lo vegetal y lo animal también existe un salto: surge algo que podemos llamar conciencia o mente, por rudimentaria que ésta sea. Un perro es algo más que una planta que ladra. Ese algo lo podemos destruir con un golpe, y lo podemos manipular, pero no lo podemos crear. Por ello, también deberíamos considerarlo sagrado.


También parece haber un salto entre los animales y nosotros, algo que podemos llamar alma y que según cómo se desarrolle nos hace más sublimes o más salvajes.


Hay quienes creen que el ser humano es simplemente un mono desnudo o un animal con el cerebro demasiado grande, y se incluyen alegremente en tales definiciones —«sin duda tendrán alguna razón para hacerlo», comentó Schumacher.


¿Termina la evolución en el ser humano, con sus angustias y penas..? Muchos sabios han querido enseñarnos que la verdad, la bondad y la belleza convergen en un estado (que ha recibido múltiples nombres: conciencia cósmica, satori, despertar, moksha, salir de la caverna...) en el que descubrimos que todo el universo es sagrado.


El animal tiene algo que no tiene la planta  y Gandhi tenía algo que no tenía Hitler.


En la visión actual del mundo nada es sagrado: sólo existe el nivel material. Y así, con la misma despreocupación de quien juega con las piedras, se manipula el código genético, se arruina la naturaleza y se atontan las almas.


Una de las confusiones que acechan al nuevo paradigma es lo que Wilber llama “falacia pre-trans”. Tan extraño nombre alude a la confusión entre lo que está antes o por debajo (pre-) con lo que está después o por encima (trans-): lo prerracional no es lo mismo que lo transracional, como el otoño no es lo mismo que la primavera.


Ni la esquizofrenia ni el misticismo son racionales; una es prerracional, el otro es transracional. Un recién nacido todavía no ha desarrollado su personalidad, su ego, y es alegre y espontáneo; un verdadero sabio ha trascendido su ego, y también es alegre y espontáneo. Pero uno es prepersonal y el otro es transpersonal.


La cuestión seria casi bizantina si no tuviera implicaciones serias: casi nadie distingue a un místico de un iluso, a un verdadero maestro de un ponzoñoso líder de secta, o a la espiritualidad ,de la complacencia de las iglesias con el poder. La secta de Jonestown y una comunidad Zen pueden parecer muy semejantes a quien sólo conozca el mundo de lo racional y lo personal; pero Jonestown es un caso de regresión prepersonal  y conduce al holocausto, mientras que la auténtica sangha o comunidad  lleva a la liberación.


Bajo la etiqueta de la «Nueva Era» se venden muchos cacharros y estilos de vida que sólo llevan a mirarse el ombligo. Entre quienes se alejan de lo establecido, unos evolucionan y otros involucionan, pero visto desde fuera resulta fácil meterlos en el mismo saco y tacharlos de  «retorno a la Edad Oscura».


“LOS FILOSOFOS ANTERIORES AL SURGIMIENTO DE LA CIENCIA MECANICISTA EXPLICABAN QUE AL MENOS HAY TRES TIPOS DE CONOCINIIENTO:

(TRES «OJOS)   CLARAMENTE DISTINTOS.

EL NUEVO PARADIGMA HABRÁ DE VER EL MUNDO CON

LOS TRES OJOS, CADA UNO EN SU SITIO”.




Articulo extraído de la Revista Integral, bajo el titulo de “ NUEVA VISIÓN”
















 

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