sociedad de estudios e investigaciones filosóficas

 
 

En el nombre del morbo










Una razón que el autor o autora del artículo abajo no menciona, es que a las productoras de televisión les sale más barato montar un reality que cualquier otro tipo de programa o de show.


Y como a la masa no le importa la calidad, tal programación basura igual resulta en un pingüe negocio para las programadoras, que venden publicidad con base en el rating.


Y cada programa parece diseñado para sacar lo peor de los seres humanos que participan en las competencias y pruebas para ganar el juego que proporciona el reality.

 

Desde otro ángulo... ¿Puede haber algo más insulso que la vida millonaria e hipercomunicada de las plásticas Kardashian, convertidas en famosas y perseguidas por los paparazzi sin otro mérito para ser famosas que ser famosas por su perenne presencia en las pantallas? ¿O el éxito de sus programas se deberá simplemente a envidia masiva por los palacetes, los supercoches de lujo, las bodas de las mil y una noches para matrimonios que duran menos de tres meses o tres años?


EL GRAN MORBO -REALITY  SHOW-

 

Es un hecho probado que la televisión juega un papel importante en la construcción de la realidad social de los telespectadores. Sin embargo, la investigación sobre el rol que juega la TV en la construcción de esta realidad se ha centrado en la influencia que la información televisiva ejerce sobre la audiencia, así como en sus consecuencias.


Por el contrario, los mecanismos psicológicos a través de los cuales un individuo incorpora información que obtuvo de la TV a su visión del mundo, casi no han sido tomados en cuenta.

 

Una de las razones por las que el público sintoniza los reality shows es por la emoción que encuentra en ellos y que bien puede estar ausente de su propia vida.


Los telespectadores observan la TV en general por entretenimiento y escapismo, pero los reality shows ofrecen un plus: el creer que todo lo que sucede es real, que no es actuado y que tendrá efecto dentro de la realidad de la audiencia.

 

Es lógico llegar a la conclusión que la existencia de los reality shows se debe, más que a otra cosa, a las exigencias de la audiencia, la cual esta ávida de satisfacer sus necesidades vouyeristas; necesidades originadas, quizá, por la gran importancia que ha obtenido la invasión a la privacidad en una era en la que esta última es prácticamente un lujo. 

 

No debería sorprender a nadie entonces, que el escapismo y el entretenimiento sean las gratificaciones más buscadas al momento de observar estos programas; los cuales pueden, por un lado, producir una originalidad no vista en otros programas, y por otro, dentro de la misma realidad que la audiencia.

 

Y por lo visto, estos programas seguirán por un buen tiempo. Los medios masivos de comunicación le dan al público lo que pide y los "Reality Shows" se siguen demandando hoy día.

 

El Reality Show de más éxito es el llamado Gran Hermano Desde su aparición ha sido todo un fenómeno mediático.

 

Al principio lo tildaban de experimento social, pero pronto quedó claro que no era más otro producto  que exponer ante los ojos de los televidentes, ávidos de nuevas emociones. 


Luego pasó por reality, aunque en breve todos nos dimos cuenta de que era, en el mejor de los casos, una sucesión de situaciones forzadas y emociones falsas, propias más bien de exhibicionismo. 

 

Gracias a gran hermano podemos caer en el más bajo de los cotilleos, la intromisión total ya no solo en la vida de una persona, sino en la de todo un colectivo. 


Nos permite ahondar hasta el fondo, inmiscuirnos en lo más privado, ver a gente lavándose los dientes, poniéndose a caldo entre ellos, manteniendo relaciones sexuales, durmiendo, comiendo...o haciendo el papelón de sus vidas.


Permite distraerse durante horas con los problemas de otra persona, sin tener que pensar en nada en absoluto.

 

En este reality lo que se nos ofrece son situaciones creadas de manera artificial, personajes conflictivos metidos en un saco a los que se echa a pelear entre ellos.  Y de cuando en cuando se ve más de lo que marcan los límites de la decencia.

 

¿Que no se destaca lo suficiente? A crear un conflicto, una polémica, el caso   es   hacerse   notar.
 

“Que hablen mal de uno es espantoso. Pero hay algo mucho peor: que no hablen”


También es una fuente inagotable de portadas de revistas.  Eso sin contar que es la cantera de la nueva legión de colaboradores televisivos a los que la única formación que se les exige es la de haberse examinado en el Aula Magna de Guadalix.

 

A partir de ahí, se pasa a vender la intimidad y a intentar vivir sin dar un palo al agua, cuanto más tiempo mejor.



-La Vieja del visillo-



(JOSÉ MOTA) 


 ¿Por qué somos cotillas?

 

Vacío existencial,  puro morbo, curiosidad...

 

Aunque la curiosidad por la vida ajena es inherente al ser humano, hemos llegado a un punto en que ese interés más bien ingenuo se ha convertido en un afán desmedido por conocer la vida más íntima de personajes conocidos y desconocidos.


El rostro amable de la prensa rosa y la televisión juegan en un terreno complicado.

 

La mayoría de expertos coinciden al confirmar que el interés por la vida ajena es inherente al ser humano y forma parte de nuestra naturaleza.


“El ser humano posee un afán por conocer y entender, que se encuentra en la parte superior de la Escala de Maslow”, señala el psicólogo del comportamiento Miguel Silveira.


“Según esta escala, una vez que el hombre ha cubierto sus necesidades básicas, su interés se centra en la necesidad  de   conocer   al  propio   ser   humano”.
 

Pero cuando este interés se vuelve desmedido y se acompaña con continuas críticas negativas hacia los demás, entonces indica la existencia de una baja autoestima por parte de la persona que cotillea. No sabe admirar, entonces desprecia.
 
Suelen ser personas desconfiadas e irresponsables que se mueven en medio de una gran incoherencia.


Su vida no les gusta, pero no hacen nada por cambiarla; critican, pero no se autocritican; hablan de amor, pero no aman. Son personas que se vuelven agresivas e irracionales ante la crítica.


En sus relaciones necesitan controlar a los demás para que le complazcan, por lo que aprenden diversas formas de manipulación.


Denigran al prójimo, agreden, acusan, se valen del miedo o de la mentira para hacer que los demás le presten atención. Para el escritor y periodista Vicente Verdú, es el morbo de alcanzar un hito difícil lo que nos lleva a inmiscuirnos en la vida ajena.
 
“En general, nada nos interesa más que la vida humana y, en particular, la indagación en lo que es la intimidad ajena. Se aprecia más porque es un círculo cerrado donde es difícil entrar”, afirma.

 

Puede ocurrir también que no queramos enfrentarnos con nosotros mismos, ni queramos mostrar a los demás todos y cada uno de nuestros defectos y mezquindades.


Entonces, desplazamos la atención hacia los demás. Como señala Alicia Kaufmann, socióloga del comportamiento organizacional de la Universidad de Alcalá de Henares, “Es más fácil hablar de los demás que sentarte y pensar en uno mismo. Eso es más duro y lo hacemos con menos frecuencia”.


Ciertamente, siempre tenemos la sensación de ver más claramente la solución a problemas ajenos que a los propios. También nos ayuda a relativizar nuestra propia vida, al poder compararla con la de los demás.
 
“Nos buscamos a nosotros mismos en los demás –señala Vicente Verdú–. Es como un bucle para valorar nuestra propia vida, para sacar conclusiones sobre nosotros mismos”.


Sin embargo, cuando hablamos de participar en las vidas ajenas, está entrando en juego un nuevo elemento: juzgar las actitudes. “Juzgamos las actitudes de quienes nos rodean, pero el problema es que ahora se ha convertido prácticamente en un juego en vez de tela de juicio –señala Verdú–.


Antes, el cotilleo derivaba, en muchas ocasiones, en repudio. Ahora somos más débiles, tenemos un mayor relativismo. Decimos que somos más tolerantes con la vida ajena, pero no es cierto, es una total desimplificación”.

 

Lo que antaño se limitaba al placer –malsano– de mirar por la cerradura, ha dado paso en la actualidad al voyerismo mediático.


Ya no se espía en secreto y de forma individual; ahora se hace abiertamente a través de las cámaras de televisión y de la prensa rosa.


Cotilleamos abiertamente, en grupo, con alivio porque la noción de acto vergonzoso ha desaparecido.












 

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